A la mujer la llevaron cuando la mañana todavía estaba fresca. Bajo los pórticos del templo, Jesús enseñaba entre piedras aún frías y olor a pan recién horneado. Entonces la hicieron avanzar hasta dejarla en medio.
—Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en adulterio, en el mismo acto.
Había oído su propia vida reducida a aquella frase.
—Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres —continuó el acusador—. Tú, pues, ¿qué dices?
Habían colocado delante de Jesús una acusación y una pena. También invocaban una ley sagrada, pronunciando su autoridad con serenidad y reclamando una sentencia. Jesús miró a la mujer y se inclinó. Su dedo tocó la tierra.
Muchos siglos después, de Arabia Saudita llegaría otra expresión: acto inmoral.
Las autoridades anunciaron la ejecución de un hombre y una mujer de Bangladesh por una conducta que situaban dentro de una mezquita. Invocaban la gravedad de la falta y la santidad del lugar. Las explicaciones públicas dejaron preguntas abiertas; las muertes, en cambio, ya habían ocurrido.
Imaginemos una habitación de encierro antes de aquel final: una luz amarillenta bajo la puerta, olor a humedad y una mujer que levanta la cabeza al oír pasos. No sabemos qué pensó ni qué dijo. La narración no puede prometerles lo que la realidad no les concedió.
En Jerusalén también había una acusación de conducta sexual ilícita, un lugar santo y unos hombres que reclamaban la muerte amparándose en una ley que consideraban procedente de Dios.
Y Jesús estaba allí.
Aquella presencia volvía inevitable una pregunta: ¿cómo se comporta Dios cuando el acusado queda a su alcance?
El dedo de Jesús avanzaba por el polvo. Nadie sabía qué hacer con la demora. Cuando se incorporó, dijo:
—El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.
La pregunta alcanzó a quienes querían ejecutarla. Sus propias vidas entraron en el patio: lo que ocultaban, lo que justificaban, aquello para lo que esperaban paciencia y perdón.
Jesús se inclinó otra vez.
Uno tras otro comenzaron a retirarse. La mujer esperaba inmóvil, temiendo que alguien volviera para cumplir la sentencia. Pero el círculo se abrió y la luz alcanzó sus pies.
Jesús permaneció.
En nuestra escena imaginada de Arabia Saudita, una llave gira. El hombre oye abrirse su puerta y se pone de pie. La mujer busca en el rostro de quien entra una señal que pueda comprender.
Las ejecuciones se llevaron a cabo. Quedaron preguntas sobre los hechos y el proceso, personas que necesitaban explicaciones y un anuncio oficial que presentó la muerte como respuesta a una transgresión religiosa.
El hombre y la mujer no tuvieron un camino de regreso.
Aquí el contraste adquiere un rostro: unas autoridades dispusieron la ejecución de dos seres humanos bajo una aplicación de la ley islámica; Jesús tenía delante a una mujer acusada de adulterio. Podía hablarle, podía dejarla vivir, y lo hizo.
Ese acto queda delante de toda pretensión religiosa de convertir la muerte del transgresor en una demostración del honor de Dios. Alcanza también a los cristianos cuando intentan defender su fe humillando o destruyendo a una persona.
El nombre de Dios estaba en los labios de los acusadores.
El carácter del Padre se hacía visible en Jesús.
—Mujer.
Ella levantó el rostro.
—¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?
—Ninguno, Señor.
Jesús le dijo:
—Ni yo te condeno; vete, y no peques más.
Había preparado su cuerpo para recibir golpes. Poco a poco soltó el vestido y respiró.
La santidad que encontraba en Jesús podía acercarse a ella sin destruirla. Su pecado era suficientemente serio como para que él le pidiera abandonar aquella vida; su persona era suficientemente amada como para que él le abriera un futuro.
Vete.
Había una calle que recorrer.
No peques más.
Habría decisiones, verdad y reparación. Podía comenzar.
Se agachó para ajustar la sandalia y después caminó hacia la salida. Afuera, Jerusalén olía a pan caliente. Todavía estaba viva.
No conocemos toda la historia del hombre y la mujer ejecutados en Arabia Saudita, y debemos seguir pidiendo que se conozca. Tampoco podemos atribuir su destino a cada musulmán ni suponer que todos aprobaron lo ocurrido.
Pero podemos mirar de frente la diferencia entre aquella decisión tomada bajo una interpretación de la ley islámica y la conducta de Cristo en este relato.
En un caso, unas autoridades hicieron cumplir una sentencia que terminó con dos vidas.
En el otro, Jesús detuvo a los acusadores y llamó a la mujer a vivir de otra manera.
Su misericordia tuvo consecuencias concretas: ella pudo respirar, ponerse de pie y caminar.
Así se reveló ante ella el Dios compasivo, misericordioso, fiel y leal; el Dios perdonador y redentor que busca recuperar a la persona.
Y quienes escuchamos el relato quedamos con nuestras propias manos a la vista.
Jesús todavía nos hace examinarlas.
Todavía nos hace escuchar lo que dijo cuando tuvo delante a quien todos querían condenar:
—Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

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